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Madrid al décimo mes

(España cerca de Madrid es un mosaico de tierra y hojas, de intentos de montañas, de riachuelos, y allá, más allá, apiñadas, unas casas sembradas con una regadera. Después esa España es toda verde y toda llana, hasta que tropieza con los promontorios arcillosos de aquí debajo. El avión vira a la derecha, ladies and gentlemen, senhoras y senhores, una mancha móvil con alas y cola de hierro se desplaza con las nubes. Y entre España y el sol estoy yo mirando por la ventanilla).

Convengamos en conmemorar el décimo mes y no el doceavo, seamos arbitrarios. Diez meses desde que escuché la voz de azafata y acento portugués, Senhoras y senhores son casi las seis y media hora local y vamos a aterrizar en el aeropuerto internacional de Barajas.

Diez meses del abrazo de mi amiga Chus en la terminal, Hola, cariño, bienvenida.

Diez meses: todo, nada.

Diez, otra y la misma.

Mucho y todavía tan poco.

El Maha Mantra que se cuela a través de mi pared vallecana, linde entre Venezuela, India y Pakistán, y un solo de piano ad lívitum ejecutado por un corazón yogui cerca de Avenida de América.

El líquido viscoso y oscuro, acre, atravesando la garganta; los ojos felinos luego, asiáticos, asimétricos, dos puntos negros que se vuelven la mirada de una angula. La mitad de la pantalla violeta, la otra blanca, la flor de loto en el centro.

Un silencio desconocido que me atormenta en los oídos en el insomnio de la diferencia horaria, y el Absoluto el Uno en la mudez rugiente y eterna de las olas.

La luz del ocaso que todo embellece, desde los capiteles hasta mi tristeza.

La dicha de ver a Toti amamantar a su hija Antonia mientras intenta paschimottanasana.

La Plaza Vieja vestida de medioevo, de comparsas a Baco, de agua que alivia el sofoco del verano desde las mangueras.

Cardamomo, cúrcuma, quinoa, Ribera del Duero.

Arepas con queso telita en la avenida Ciudad de Barcelona.

Pina: Omar.

Estación en curva al salir tenga cuidado para no introducir el pie entre coche y andén.

Navacerrada cubierta de nieve detrás de los pinares del Parque del Oeste, debajo del marco de la ventana de Julia, que hace el Saludo al Sol, el cuerpo de 79, el alma de muchacha.

(El rostro de Helga es del color de invierno de esa montaña).

Andrés, John, Vladimir, Martín, Franz, Yogananda.

Un grito de cante jondo jamás escuchado, jamás sentido en los poros, jamás presionando el esófago, jamás apurando las lágrimas, hasta aquella noche al aire libre cuando vi a Miguel Poveda en contrapicado. Un “beso de esos” en la voz arenosa, en directo, de Zenet debajo del sombrero Panamá, y un autógrafo de paso por la Latina.

Dios en un kriya, en un satsang.

Miranda enrollando su minúsculo índice en un mechón de mi pelo, la pequeña cabeza descansando en mi pecho.

Café en la cama una mañana de domingo con mi prima mi comadre, otra vez solteras y postadolescentes.

Amigos, los nuevos, los de antes, todos juntos los de siempre.

Etiopía en una certeza antigua, tan ancestral como la Conciencia.

Y al lado mi marido, en todos los amaneceres.

(España dentro de Madrid, en tierra firme, es esta España mía que a veces extraña a la otra que imaginaba y otras tantas se deja extrañar por la que todavía puede ser).

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