Madrid Día Uno

Es un sueño, un sueño recurrente como esos en los que caes al vacío. No por idealizado, sino por onírico. Es como un sueño del que me desperté y que estoy contando, fresco. Un sueño que siempre estaba soñando y en el que estoy dentro, pero sin sueño.

Caracas es también un sueño. Maiquetía y la lluvia, el abrazo de mi mamá y nuestro sollozo unísono. Mi papá de soslayo y la no despedida, el no abrazo. Mi hermana conteniendo el gesto. Liza detrás de la reja en silencio, en media sonrisa, en ojos contemplativos.

Camino cada tanto, veo y digo Coño:

–¡Coño, mira dónde estoy!

Anoche dormí catorce horas y soñé, soñé que hacía yoga, la postura del pez: el torso arqueado, el pecho abierto, el cuello en extensión y la garganta expuesta.

Cuando me levanté y me pasó el día, despierta, soñé que estaba en Madrid.

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¿Por qué las mariposas vuelan solas?

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Esta madrugada soñé que se me caían dos dientes mientras me miraba al espejo. Uno de ellos era un canino. Lo sostuve con dos dedos y volví a mirarme; la sonrisa no estaba tan mal.

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En postración

Lo veo. Cuando salgo del baño de la pizzería de la 42, entre Séptima y Octava,  lo veo. Está sentado en la mesa, recostado sobre la silla, bocabajo. La frente sobre el dorso de las manos, los ojos cerrados.

Are you ok, sir?

Silencio. No responde.

Me parece que se siente mal.

Levanta el torso sin abrir los ojos y hace más visible su uniforme de la Policía de Nueva York ( NYPD, como en las siglas de las series de televisión gringas).

Are you ok, sir?–insisto, con tono de angustia.

Vuelve a postrarse.

De súbito lo entiendo, con vergüenza.

Está orando.

Es musulmán.

La ignorancia me ha hecho inoportuna.

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Take me a picture, honey

Los habitué dicen que es la entrada del verano, los días largos y radiantes de solsticio recién llegado en junio, la libertad en el cuerpo que da la poca ropa. Es cierto, sí, en los países de cuatro estaciones, en los de inviernos rudos, oscuros y nevados, la llegada del sol que calienta en serio cambia los ánimos, los eleva.  Pero yo que venía de afuera pensé que nos llevábamos de maravilla, los neoyorkinos y yo, porque sí, porque nos entendíamos a un nivel profundo.

Iba con la cámara como toda guiri. Foto aquí, foto allá. De las limosinas. La madera desteñida del suelo del puente de Brooklyn. Las bocas de los túneles –de  ladrillo– de Central Park (después del saxofonista que con sus notas embrujó a dos niños menores de tres años). Un marciano dibujado en la calzada en la Cuarta Avenida. Las banderas de Puerto Rico y Estados Unidos enmarañadas en el Spanish Harlem. El agujero que lleva a los sótanos de los edificios que tienen en sus fachadas esas escaleras de emergencia que sirven para treparlos en las películas. Soy psíquica y te leo la mano. To Coney IslandOne wayDon’t block the box o te multamos, Peatón, no cruces, Si vas por la izquierda, debes cruzar a la izquierda. La aguja del Empire State y dos niñas patinando de la mano frente al MET. Letreros en chino sin traducción muy cerca de la Pequeña Italia. Carritos de helado que son camiones de dibujos animados. La mujer casi en el medio de la vía que estira la mano, como acto reflejo, mientras mira su Iphone, para atajar el primer taxi amarillo que esté libre. Vinilos de Ray Coniff y libros de segunda mano en la entrada de Strands. Un mimo con nombre de perla y traje de ángel en la estación de Union Square. Y las luces que sólo son posibles en las noches de esa ciudad.

Digo que es que nos llevábamos bien naturalmente los neoyorquinos y yo, como de toda la vida, porque así, de la nada, cinco personas en tres momentos y sitios distintos me pidieron lo mismo: Tómame una foto. Incluso con el honey como apostilla. Take me a picture, honey.

Primero fueron ellos, en la 23. Los que quedaron registrados en la imagen número treinta y ocho. La foto quedó borrosa porque llegaba la noche de verano y no supe cómo manejar el tema de la luz. Se abrazaron –posaron–, click.

 

 

 

El domingo al mediodía, el día del desfile que celebraba a Puerto Rico, fue él, motorizado por discapacidad. Iba por una acera de la Lexington, por East Harlem, una bombona de oxígeno bañando sus pulmones desde la nariz –un enfisema–, Kenny por Keneth, su nombre completo. Una crineja surcándole el cráneo de este a oeste, Michael Jackson inmortal en su radio portátil. Que extraña al rey del pop, me dijo, que era un buen muchacho, que se fue muy rápido . “Stay safe today”, se despidió, después de la foto y la conversa.

 

 

 

Más tarde, fueron ellos dos, en castellano puertorro, en Central Park con los restos del desfile. Piropos caribe y agua gratis.

 

Así que el día que iba a llegar a Brooklyn por su kilómetro y tanto de puente, no quise perder lo que ya se me hacía costumbre, esa conexión íntima que ya teníamos los neoyorquinos y yo. Me tocó pedírselo, entonces, a los recién desposados –¿o a punto de desposarse?–, vestidos para la ocasión, que posaban para las imágenes oficiales de la boda con el monumento colgante de fondo. “May I take you a picture?”, les pregunté.

 

Dijeron que sí, dijeron cheese.

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Frotes

 (Playa El Yaque,  diez de julio de 2010. Las gotas de lluvia resuenan en el toldo y lo permean. Tenemos frío, el frío que sólo se puede tener en una playa del Caribe cuando se va el sol y están mojados, tú, tu bikini y tu toalla)

Esto es antes de que llegue Dilia con sus manos.

Cesa el aguacero, entra ella de repente, se sienta en el borde de la silla de extensión, sus manos directo a mis pies, con la vieja pero siempre efectiva contraseña de los vendedores experimentados: “Sin compromiso”.  Te hago un masaje sin compromiso, le oigo decir.

Sin darme cuenta, mis pies ya son presas de sus manos mulatas y cartageneras, de su aceite cremoso. Primero el izquierdo, suelto como una medusa, relajado como un cocotero. 

Me rindo ante Dilia y le doy mi extremidades inferiores.

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Verde

A Antonio le gustan mucho los árboles, y en estos días de azul generoso en el cielo o de lluvia pródiga y reverdecer intenso, enmudecedor, en las calles de Caracas, en la autopista a La Guaira, en la Francisco Fajardo, en cualquier calle cuya cabeza toca el Ávila,  mi esposo se emociona cuando ve los jabillos, los flamboyanos, las ceibas camino a La Trinidad. Entonces, si llevo la cámara, les tomo fotos y las guardo. Me pongo bajo ellos, bajo la espesura de sus ramas, y click. Nada profesional, nada digno de publicar en otro lado que no sea mi diario personal cibernético, este blog, intímo pero no tanto.

(También lo hago si veo una flor)

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