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Un beso

En diciembre de 2009, me tocó la grandiosa experiencia de ser relatora del taller de Periodismo y Literatura que impartió Héctor Abad Faciolince en Caracas con la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano. Lo recogido por esa relatoría está aquí , aquí y aquí. 

Fue esa experiencia la que me inspiró a crear este blog que tanto abandono.

Héctor es siempre un personaje al que regreso –o que regresa a mí–. Por algún motivo, la vida nos encuentra de tanto en tanto, distante y presente, sin buscarlo.

Una de esas mañanas decembrinas de 2009, Héctor pidió a los talleristas que describieran por escrito un beso que pareciera “vivido y sentido”. Los muchachos escribieron sobre explosiones químicas, babas de bebé, lenguas anudadas flotando en el mar. Me quedé con las ganas de hacer algo. Lo hice, lo guardé.

Al cabo de tres años vino uno de esos encuentros inesperados: tomamos con él un taller express de poesía en el Festival Eñe de Madrid, gracias a la invitación del gran Doménico Chiappe. Entonces llevé ese ejercicio tardío y lo convertí en poema.

Esto es lo que quedó:

ASFIXIA

Como el pez betta rojo cereza,

El Luchador de Siam,

que resbala en el suelo con el agua derramada;

serpentea, se ondula, busca oxígeno.

Así es tu lengua.

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Las cosas que escribe Leila

Leila escribe cosas así:

“El cartel flota en la noche de Buenos Aires como el ala de una mariposa seca (…)”

“Su cuerpo es fibroso, pálido, como de harina y luna, y tiene olor a almizcle”.

“Lloran mientras mueren.

Los envenenados con cianuro lloran mientras mueren”.

“Una mujer antigua, el rostro roto de furia, lleno de pecas, grita perra, perra, perra, hija de perra, perra, perra (…)”

“El hombre dice sí.

–Sí”.

Ese tipo de cosas escribe Leila.

Leila es impía en la autoedición, porque busca ponerse incómoda cuando escribe, me ha dicho. Porque se esfuerza por no repetirse. Días enteros frente a la computadora moviendo nada más que sus sesos y sus dedos. A la caza de la estructura óptima de sus crónicas, de las palabras bien puestas y por bien puestas inolvidables, de los vocablos que juntos riman, hacen métrica, cine, música: sus textos.

“(…)Hay dos herramientas buenísimas –me escribió una vez–: una silla, y el culo sobre la silla durante doce horas por día, sin interrupciones. O, lo que es lo mismo: culo e insistencia, insistencia y culo”.

Y ese genio está protegido por una humildad como pocas, poquísimas.

Por eso, chico, la quiero tanto.

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Óyeme, ¿qué te cuesta?

A Tomás Eloy Martínez, con la noticia tan fresca de su partida

Una mesa, dos banquitos, un letrero: “Se escuchan angustias. Se dan consejos”. Y ahí, entre el humo y el sucio y el ruido de la plaza Brión de Chacaíto, las voces de los que nunca son escuchados

(Este ejercicio es una idea de Milagros Socorro. Estas eran las angustias de estas personas hace casi dos años. ¿Qué me contarían si hiciera el mismo ejercicio ahora?)

I

¿Tendrá alguna angustia ese chau-chau callejero con el pelaje descosido, allí echado? Y los que bañaron el suelo de papelillos el martes de Carnaval, ¿se olvidarían de las suyas, las disfrazaron? ¿Qué le preocupa a la riada veloz que viene de la estación del metro de Chacaíto? ¿Sólo llegar a tiempo? Los colombianos de la larguísima fila de la taquilla de remesas, esos sí que tienen algo que los inquieta: las nuevas regulaciones cambiarias, poder juntar la plata. Lo oigo en sus conversaciones. Y yo, ¿hice bien en venir aquí?

II

Estoy sentada detrás de una mesa de dominó, en un banquito de cocina. Delante de mí, otro banquito de cocina, vacío. Y sobre la tabla, el cartel, colorido, módico: Se escuchan angustias. Se dan consejos. Son las nueve y media de la mañana del miércoles de Ceniza y esto es la plaza Brión de Chacaíto, en Caracas. Son las cinco de la tarde del día siguiente, en la misma plaza de la misma ciudad. Estaré dos horas, a un palmo de la avenida Francisco de Miranda. Y otras dos horas, unos metros más cerca del tablero de ajedrez gigante que adorna el suelo, frente a esa tienda por departamentos. Sombra de los árboles, cielos nublados, brisa fresca. Espero. Espero, a ver qué pasa. Si alguien se sienta en ese banquito vacío. Y qué me dice.

III

–¿Eso es Pare de Sufrir? Si pones ese cartel ahí, la gente piensa que es evangélico –el joven moreno me habla desde su banco, desde donde también ha estado esperando y mirando. No se levanta, no se acerca, aunque le insisto.

–Me da pena que la gente me vea sentado ahí –señala el taburete de cocina vacío frente a mí. Así que de lejos, más cerca de mi oído derecho, me cuenta que sus angustias son laborales, que no consigue empleo fijo.

–Los trabajos o duran poco o me salgo. Sin trabajo, uno se siente incómodo. Mi área es operador de caja.

Y a la familia, que vive en el Sur del Lago, de donde es él, no la ve desde hace dos años: está muy lejos aquello. Vive solo en esta ciudad desde hace cuatro, sin su papá, sin sus siete hermanos. Todo eso dice, sin aproximarse a mi mesa. Se llama Carlos, susurra; tiene veinticuatro años, murmura. Su pulóver marrón, su camisa de manga corta. Está sentado en el sobre de manila que contiene copias de su currículo. Pasa gente delante de mi mesa, del banquito vacío, del cartel. Lo leen, de frente o de reojo. Y Carlos farfulla: Pase sin pena, siéntese.

Pero él no.

Ella sí, con su sonrisa afligida y su luto cerrado.

IV

–Voy a conversar un poquito. Me angustian tantas cosas. Hoy mi mamá cumple dos años de fallecida y no se me pasa. Tengo un sobrino que dejó los estudios y luego los retomó, pero tiene mala cabeza. Me da cosa por su mamá, que es mi amiga desde la infancia, desde quinto grado. Yo le digo: “No tengas mala cabeza con tu mamá”. Yo estoy acostumbrada a cuidarlo. Yo soy de Ecuador y me vine hace treinta años. Me pienso ir a mi país. Voy a cumplir cincuenta y cuatro años y parece que tuviera más por el sufrimiento. El sufrimiento a uno lo mata. El muchacho quiere irse conmigo, porque me quiere mucho. Tiene veintiún años. Él tenía un buen trabajo y de un momento a otro cambió. El papá le dio libertad y cambió. Me da pena dejarlo. Yo soy sola, tengo es sobrinos, no de sangre, pero me quieren demasiado. Sólo tengo un sobrino de sangre, de diez años. En mi familia, cada uno hace su vida. Tengo una preocupación. Un hermano mío. Se vino, hizo el servicio militar y se fue a San Cristóbal y a Barquisimeto. Hace diez años que nunca más supe de él. Mi mamá, cuando yo fui, antes de morir, me dijo: “Averigua de tu hermano”. Tengo miedo de averiguar, por si me dicen que ha muerto. Si estuviera vivo tendría cuarenta y nueve años. Hace tres semanas fui a la petejota y me dijeron que él había tenido un problema en Barquisimeto. Él era tranquilo, pero después se volvió mala cabeza. Después se hizo evangélico. Yo tenía miedo de que se hubiera muerto en el desastre de La Guaira. Mi madre, quince días antes de fallecer, dijo que el hijo había muerto en un promontorio de tierra. De eso le converso, mija linda. La vida me golpeó muy feo. Tuve un carro y me lo robaron con toda la mercancía. Yo vivía en Plan de La Silsa y me quedé endeudada. Seis años atrás yo era más fuerte. Y así, mija linda, de eso le converso. Son golpes de la vida. Yo en la noche no duermo, ando como alma en pena. Mi hermana está solita, porque el marido le salió malo. Por eso me voy. ¿Qué me aconseja? Alguien me dijo las mismas palabras de usted: Que tengo que tener fuerza de carácter. Eso es lo que voy a hacer: primero yo, segundo yo, tercero yo. Bueno, mija bella, conversamos bonito. Sí, porque hay cosas que no le puedo decir a todo el mundo, porque hay personas que les gusta vivir del mal ajeno.

V

El hombre, de pasada, pregunta: ¿Qué me puedes aconsejar tú, si yo tengo sesenta años?

El vendedor de espejos: ¿No estás interesada en un espejo, para que se refleje tu belleza? Después yo paso por aquí para que me entrevistes. Chao, mi amor.

El joven: guiño de ojo, mohín en la boca.

El viejo inmigrante italiano (por el acento): Yo no tengo angustia ninguna. El que tiene angustia es que no sabe vivir. Mucha gente se busca problemas para que se los resuelvan.

Una niña: ¿Cuánto cuestan las fotos?

Sexo masculino, ropa gastada, gorra, periódicos viejos en mano y dos latas: El único que puede solucionar mis angustias y darme un buen consejo es nuestro señor Jesucristo.

Varios, distintas edades y géneros: ¿Alquilas minutos (de teléfono), mi amor? O: ¿Por dónde pasa la camionetica para la Andrés Bello?

Son los transeúntes que me hablan de pasada. Pensé que ese hombre que se identifica como brujo, allí parado, a la izquierda, preguntando de qué va esto, lanzando premoniciones que no le creo, sería otro de ellos. Pero al cabo de varias frases, se sienta frente a mí. En el banquito.

VI

(Eric es su nombre. Bajo su camisa abierta hasta el segundo botón, lleva collares de santería que no tapan del todo su pecho moreno oscuro)

–Mi mujer se fue con otro hombre y estoy angustiado porque estoy enamorado.

(Le pregunto si no será que ella lo dejó de amar)

–Claro que me ama, porque me dio un hijo. El amor nunca se acaba. Son veintiséis años juntos. Me está buscando otra vez, pero como buen hombre no puedo recibirla con amor, sino con precaución, hasta que no vea mejoría de su persona. Las áreas emotivas tienen un fenómeno que, si no buscas un término para lograr ese fenómeno… ¿Tú sabes qué es amor? El de mi madre, ese sí es un amor para uno. Nos da todas sus cosas pero la maltratamos demasiado.

(Le digo que la perdone, a su mujer)

–Perdonarla no, ese es Dios. Cuando una persona regresa, uno no la puede perdonar, sino recibirla. Estos seis años no me he mostrado débil. Ella vive en la casa, pero el amor ya no existe. Más bien lo que existe es la reconcordia. Yo lo que tengo es que darle a ella una experiencia de la vida. Darle a entender que ese vacío se le vació más. Y si tiene un hogar bien reformado, ¿por qué lo pierde?

(Lo miro fijamente, él espera mi respuesta, pero callo)

–Por su bajeza y sinvergüenzura. Por eso Irene Sáez reformó la ley contra la mujer. Esa ley que hicieron de la mujer está mal hecha. La mujer tiene que escuchar al hombre, porque tú sola no estás en la casa. Esta educación ya se ha ido para abajo, ahora hay lesbianismo, mariquismo, de todo. ¿Cuántos niños hay en las calles porque las madres han sido alcahuetas de sus hijos? (Vuelvo a callar. Se hace un silencio)

–La verdad es que no tengo problemas ahorita. Yo tengo un hogar bonito. Me senté porque te vi, para ver qué campos podríamos cubrir nosotros y a qué llega tu mentalidad más allá.

(Lo miro desconfiada)

–No le digas a la gente “cuéntame tus problemas”, diles “¿qué detalle tuviste tú para pasar por este mal momento?”.

(Él termina dándome un consejo, entonces. Y se despide con un apretón de manos) .

VII

(En esos ojos, los de José Luis, hay desazón. Los bigotes están caídos de desaliento)

–Verdad que me estoy angustiando. Tenía que comenzar a trabajar hace dos semanas, soy electricista de construcción. Hace cuatro años me operaron de dos hernias discales, me recuperé, y me comenzó el dolor otra vez hace tres meses. Tengo familia, dos niños pequeños, una niña de cuatro y una niña de ocho, y no hay plata en la casa. No va a haber escuela de natación. No hallo qué hacer. Voy a tener que ponerme a pedir. Estudié Electrónica, me gradué a los diecinueve. Sé inglés y matemática. Estoy pendiente a ver si me operan otra vez. La operación sale en cincuenta millones en clínica privada. Me estoy acercando al Gobierno a ver si me ayuda. Ahorita fui a Barrio Adentro a buscar la orden para la resonancia magnética. Me refirieron al Ministerio de Salud para que me ayuden. Ahorita voy allá, a Plaza Caracas, a ver qué me dicen. El proceso ahora es largo y engorroso. La primera vez me operé con el HCM de la empresa donde trabajaba. También sé de plomería. ¿Qué consejito me das? Sí, no había pensado en eso, trabajar a destajo. No es tan fuerte como lo que hago ahorita. Todo se me vino al suelo. Me acaban de entregar un apartamento, me van a llamar para empezar a pagar. Un amigo me había dicho: “Tú puedes hablar con la junta de condominio para que te alquile el salón (de fiestas) y te pones a dar clases de inglés y matemática. Seguro no te van a decir que no”. Pero tengo que esperar. Están rompiendo las paredes (del edificio). La angustia mía es de índole económica, por la salud deteriorada. Siempre en mis oraciones le pido al Señor: “Dame salud, que el resto lo hago yo”.

(En esos ojos, los de José Luis, de cuarenta y ocho años, hay desazón. Los bigotes siguen caídos de desaliento) .

VIII

Las dos muchachas salen de la boca del metro y caminan hacia mí. Son las primeras que me hablarán de sus preocupaciones delante de la mesa, el miércoles de Ceniza en la mañana. Me hablarán de pie pero muy cerca, a diferencia de Carlos, que sigue allí sentado en el banco y que, tras una hora, se despedirá y partirá rumbo al oeste, y que luego volverá, al mismo banco.

–¿Cobras? –pregunta una. Respondo que no. Se miran entre sí y se ríen. Celeste tiene una preocupación, y es que tiene diecisiete años y quiere conseguir empleo para pagarse los estudios universitarios. Quiere ingresar a la Universidad Central, pero no tiene cupo para la carrera que le gusta, que es Derecho.

–Somos unas niñas pobres –mira a Katherine, su compañera, que hoy cumple dieciocho. Katherine quiere estudiar Medicina, pero por lo pronto empezó Administración en el estado Vargas, de donde son las dos. Les digo lo que le diría a mi hermana menor: que aún están muy jóvenes, que no es necesariamente lo mejor empezar la universidad a esa edad tan temprana, que Katherine va a aprender en Administración.

–Muy jóvenes no –corrige Katherine–. Después uno se pone a ganar dinero y dinero y no estudia. Eso no es lo que a uno la llena.

Strike. De pie como ellas, ese otro joven que viene luego me dice que hay una materia que le cuesta en la universidad, Medios Publicitarios. Se llama Daniel y se queja de que es difícil esa asignatura, que tiene mucha matemática. Va a terminar el quinto semestre. Le aconsejo que se faje, que estudie con los que saben más. Sí, ya lo sabe. Va a casa de la muchacha que está con él ahora, precisamente. Chao, gracias. Ese muchacho también podría ser mi hermano. Pero ella.

IX

(Lleva puesto el uniforme del liceo, la chemise azul de octavo grado. Lleva dieciséis años puestos, recién cumplidos hoy –también–, lleva un bebé parido. Está allí sentada delante de mí y habla tan tranquila, como si tal cosa, mientras sus panas, también uniformados de liceo, la esperan detrás de mí. Es jueves en la tarde)

–Me preocupan tantas cosas. ¿Qué no me preocupa? A mí no, a mi mamá. Le angustia que yo me vaya a ir con un hombre que fue marido mío. Él me maltrataba. Mi mamá tiene miedo. Es que yo me he ido con él ya dos veces.

(Interrumpe porque la interrumpen sus compañeros. Dejen el fastidio, les pide ella. Sonríe)

–Tiene veinticuatro años. Me quería quitar el bebé, que tiene nueve meses. Me pegaba feo. ¿La policía? ¿Voy a encerrar al papá de mi hijo? No me gustaría. Él le daba todo. Sí, sí bebe. Se iba con los amigos todo el fin de semana. Le dio la chiripiolca de repente. Tengo como cinco meses separada de él. Me da miedo, ay, no. Mi mamá me dio estudio y todo eso; él no me dejaba, no me dejaba salir. Mi mamá me da libertad. Yo prefiero quedarme con mi mamá, ella me cuida, y yo a veces me descuido con las cosas del niño. Yo me fui de la casa por mis hermanas, me insultaban porque quedé embarazada.

(Yo tengo un nudo en la boca del estómago. Le hablo de la Ley Orgánica de Protección a los Niños y Adolescentes, la Lopna. De los órganos de protección. Ella vuelve a sonreír, nunca veo congoja en sus gestos)

–Mi mamá me fue a buscar a Maracaibo, donde estaba yo con él. Fui a la Lopna y me dijeron que escogiera entre él y mi mamá, y lo escogí a él.

(Pero, ¿quién soy yo para dar consejos? Yo, que no tengo hijos, ni un marido que me pegue. Entonces me cuenta de repente que desde Carnaval está saliendo con el hermano de su cuñado –el novio de su hermana–, y que hoy la embarcó. Y exclama, con los labios entrecerrados, apretando los dientes, los ojos vivaces: ¡Lo odio. Y reconozco así a una púber que yo sí fui, a la adolescente que es mi hermana, y aprovecho el respiro para pedirle que estudie duro, que piense en el futuro de su chamo. Que no desaproveche la oportunidad de quedarse con su mamá. Ella se va con su grupo y me deja un lamento) .

X

De la figura de la mamá me habla el psiquiatra junguiano Luis Sanz, cuarenta años de trabajo con la salud emocional de la gente. Que la madre es la primera que da protección y soporte desde el vientre materno. Me explica que la respuesta de ellos, sentados frente a mí en ese banquito de cocina, contándome sus problemas, no es otra cosa que una necesidad de esa contención originaria. “El ideal de contención son esos nueve meses en el vientre materno, protegidos de todo. Después que uno nace, siempre queda la añoranza de la primera contención, y ante situaciones de frustración hay una conexión con esa necesidad primaria. Conseguir a alguien con quien compartir su angustias, sus miedos, sus temores, es compensatorio”.

XI

Este es el balance de estos dos días, más bien de estas cuatro horas. Caminantes que no se detienen pero ven, apurados que no se paran ni miran; curiosidad, sonrisas o gestos de estatipaestáloca. A veces nadie. Una cagada de pájaro sobre el cuaderno. Un minúsculo café guayoyo a 0,6 bolívares fuertes. Florentino, a quien no le preocupa nada, sentado en el banquito frente a mí para hacer tiempo: se le ilumina el rostro surcado por el sol de los obreros. Bancos repletos de gente que también hace tiempo. La anciana heladera de pie junto a su carro. El predicador evangélico a grito pelado.

Y estas doce personas allí delante, clase media, clase obrera, hablándome de lo que los tiene en ascuas.

Soledad: La mujer ecuatoriana de luto cerrado. Y Ada, esteticista de cuarenta años que se vino de Maracaibo en noviembre y dejó a sus hijas de veinte y dieciocho años mientras consigue un sitio mejor donde vivir en Caracas: Gracias por escucharme, esto me sirve de desahogo.

Carlos, que va y viene y mira. Pregunta, habla del relámpago del Catatumbo, de su Machiques. Que el jueves sí se sienta en el banquito, sin vergüenza; me echa la misma historia y un añadido: Estoy buscando una novia, pero ahora hay mucha loca que no quiere nada serio.

Angustias colectivas: La alimentación de las personas es la de Jenny, cuarenta y un años, tonalidades de violeta en toda la ropa y también las uñas, libro de Deepak Chopra, dientes siempre a la vista: La gente está cada vez más desnutrida y más gorda. Yo me siento en los bancos y les pregunto qué comen, si se cuidan.

La alienación es la de él, veintiséis años, bogotano viajero y circense: Los hombres que se creen dueños del mundo y los hombres están acabando con los hombres. He estado muy angustiado hoy, leyendo sobre la militarización del espacio y el uso del uranio enriquecido. Se va a acabar el mundo. La alienación es la sangre que Dios vomitó cuando el demonio parió. Me voy porque me voy a poner a llorar.

El ambiente es la de José, cincuenta y ocho años: Acabo de leer que hay una mancha de basura que va desde California hasta Japón, en el Pacífico. En la gente hay mucho desinterés, yo les hablo y les entra por un oído y les sale por el otro.

Desesperación: José Luis.

Adultez a coñazos con chemise azul y, aun, candidez: Danneris.

Eric: desamor, o no.

XII

Me pregunto si éste fue un ejercicio confesional. O ganas de hablar. Frasquitería venezolana. Deseos de salir en la foto. Fisgoneo puro. Tulio Hernández, el sociólogo, me responde al teléfono que está seguro de que mucha de esta gente se tomó en serio esta experiencia. “Los venezolanos, y los caribeños en general, son sociedades muy colectivas, acostumbradas a la exhibición impúdica de la tragedia, porque en el fondo, en el Caribe, nadie quiere sufrir. La gente no quiere oír la tragedia y por eso la cuenta, como una manera más fácil de librarse de ella”.

Luis Sanz, el terapeuta, agrega que es natural que se hayan acercado, porque los canales regulares de comunicación, como la familia, el trabajo, las redes sociales corrientes, están en crisis, y hay gente que ni siquiera tiene familia, ni amigos, ni trabajo. “No todo el mundo tiene la disposición para oír. Es un problema de la modernidad, nos cuesta conseguir el sitio para poder hablar y podernos comunicar. Es un problema universal”.

El sociólogo dice que hasta la propia idea de amistad se ha vuelto poco confiable en estas sociedades urbanas y masivas. Que no en vano los programas televisivos que ventilan intimidades de la gente, aunque espectáculo, y los espacios radiales de medianoche con llamadas al aire, tienen tanto éxito. Lo que antes se resolvía en sistemas de relaciones de más proximidad, ahora se tiende a resolver en esquemas de simulación de intimidad. El terapeuta habla también de las líneas calientes veinticuatro horas, líneas telefónicas de emergencia por las cuales la gente expresa sus contrariedades.

Hernández: que en el acto de ser atendido empieza el ser humano a solucionar sus inquietudes. Sanz: que lo que no se expresa se actúa inconscientemente: hablar es dejar de hacer cosas en automático y empezar a resolver el problema con conciencia.

Y yo, que, sin mayores pretensiones que escucharlos y aproximarme a esta docena de personas para saber qué les angustia y escribirlo, tengo una nueva preocupación: si habrá servido de algo.

Crónica publicada originalmente en el número 6 (la edición aniversaria) de la revista Marcapasos, en su edición impresa. Marcapasos viene muy pronto, relanzada en la web

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Heberto Castro Pimentel en presente

Este era su gesto característico (Foto José Sarda/Archivo histórico de El Nacional. Tomada de el-nacional.com)

Quiero hablar de él en presente, porque no pasa nunca. En presente continuo. Eso que nos enseñó no se va; gracias a él aprendimos a dar los primeros pasos de bebé en el camino del periodismo. Siempre junto a nosotros, al lado, nunca delante: Esto es, hija, así se hace, así lo aprendí yo, con una generosidad que se ve poco en el mundo de los medios, porque es una generosidad desprendida, con fe profunda en el oficio. Y a los dieciocho años encontrarse un maestro así –un editor, que es una rara avis— no puede verse sino como un privilegio.

OJO, OJO, OJO. Empezaba y terminaba así siempre sus pautas, escritas a máquina, en una tira de papel bond, en mayúsculas, con todo detalle. El tecleo nunca callaba, la máquina de escribir activa, que recuerdo anaranjada, en una mesa redonda cerca de su escritorio. Era El Globo de 1993 a 1995, pionero en la tecnología de red, pero Heberto nunca quiso usar la Pe Cé, abandonar el símbolo de su credo jamás.  De ese credo nos trasmitió los primeros versos. Las puertas de esa oficina del jefe de redacción siempre abiertas.

El olfato del reportero no se enseña: lo que él hizo fue mostrarnos que lo teníamos, confirmarnos por qué estábamos allí. Creyó en nosotros, muchas veces más que nosotros mismos.

El amor por el oficio tampoco se enseña, pero él nos dio mucho del suyo.

Miguel López Trocell, también mi guía, me llevó a ese periódico cuando apenas dejaba la pubertad. Fueron tiempos muy felices y siempre se lo agradezco a Miguel. Heberto hizo de El Globo una pequeña escuela de periodismo en la vida real, nos dio la paleta, la suya, para empezar a batir el cobre.

Su hermano Iván, chispa maracucha como él, sonrisa amplia, lo visitaba con frecuencia. Con él me encontré a finales del año pasado y me dijo que Heberto estaba bien. Hacía tiempo que no hablábamos. Lo llamé entonces y me atendió su esposa, su compañera de toda la vida. Heberto había salido a caminar. “Dígale que lo llamé”. Y no insistí.

Me agarro de la certeza de que él sabe que le estoy agradecida.

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Alberto Salcedo Ramos, sobre la crónica

Cuando dictamos mi amiga Liza y yo un taller de crónica el año pasado, por invitación de Icrea – experiencia preciosa–, consulté sobre sus métodos y técnicas a mis maestros del género (por suerte, algunos de ellos mis amigos), de forma de transmitir esas lecciones a los talleristas. Transcribo aquí el tesoro que me envió como respuesta el barranquillero querido Alberto Salcedo Ramos. No sólo se tomó el tiempo de contestar, sino que convirtió el cuestionario en una entrevista publicable. Se la regalo así, como la joya que es.

“Escribir es como encoñar”: Alberto Salcedo Ramos

SANDRA LAFUENTE PORTILLO: ¿Sueles hacerte preguntas antes de sentarte a escribir una crónica? ¿Cuáles?

ALBERTO SALCEDO RAMOS: “Desde luego que sí. Lo primero que me pregunto es esto: ‘¿la historia es verdaderamente interesante? De la sinceridad con que uno se responda esa pregunta depende en gran parte la suerte de la crónica que se va a escribir. Es importante que uno esté atizado con el tema, que uno sienta que se muere de las ganas de echar el cuento.
También suelo preguntarme cuál es la forma más apropiada de contar la historia. Qué pretendo con ella, adónde quiero llegar. Sé que frente al computador hay un terreno en el que felizmente predomina la improvisación, pero de todos modos me gusta saber adónde voy a llegar, es decir, qué es lo que voy a contar”.

S.L.P.: ¿Cuántas entradas/comienzos escribes en cada crónica?

A.S.R.: “Nunca las he sumado con una calculadora pero te garantizo que son muchas. A menudo tengo una idea clara de la entrada, pero cuando trato de materializarla en la computadora, no me convence: veo que tiene más palabras de las necesarias, o que parece muy pretenciosa, o que le falta contundencia. Hay un cuento maravilloso que le escuché una vez al escritor Eduardo Galeano. Un niño distinguió un bloque de mármol en el taller de un escultor. Tiempo después, el niño vio la figura de un animal en el mesón donde antes estaba el trozo de mármol. Y entonces, con la mayor inocencia del mundo, le preguntó al escultor cómo hizo para adivinar que dentro de ese bloque de mármol había un animal. El niño, pese a su gran ingenuidad, descubrió lo que ya sabía ese genio de la escultura llamado Miguel Ángel: que el caballo está siempre dentro de la piedra. El secreto del artista consiste en eliminar con el cincel todo lo que sobra, hasta llegar a la imagen del caballo. Creo que eso pasa también en la escritura: hay que aplicarse pacientemente, con el cincel y el martillo, a la tarea de eliminar la hojarasca hasta encontrar la joya que buscamos.
A veces, cuando dicto mis talleres de crónica y propongo un ejercicio de escritura, me sorprendo frente a estudiantes que en menos de quince minutos ya han escrito casi una cuartilla. Me digo: “caramba, si yo escribiera con esa rapidez tendría más plata que Silvio Berlusconi”. El caso es que son tan veloces y prolíficos porque no dudan, no se preguntan por la calidad de lo que están haciendo. Simplemente, escriben sin rodeos y sin ruborizarse todo lo que se les ocurre. Por eso siempre recuerdo – y siempre cito – esta frase de Sábato: “no conozco a un escritor por lo que escribe sino por lo que borra”.

S.L.P.: ¿Armas un esqueleto de estructura antes de escribir o la intuición te va guiando después del comienzo?

A.S.R.: “Yo leo mis apuntes, los releo, los subrayo, vuelvo a leerlos. Al releer mis apuntes, voy planeando la historia: sus principales hitos, sus posibles capítulos, su entrada y su remate. Todo tiempo que dediques a interactuar con tus apuntes es poco. Interactuar con tus apuntes te ayuda a creer en tu historia, te ayuda a encontrar las puntas del ovillo, te atiza el pulso. Bioy Casares recomendaba que uno mismo se cuente la historia tantas veces como sea posible. Este es uno de los mejores consejos que he recibido en mi vida. ¿Cómo diablos puede uno contarles a los demás la historia que no se ha contado a sí mismo? Entiendo que contarse uno mismo la historia es pensar en ella, planearla, enriquecerla”.

S.L.P.: ¿Cómo prefieres estructurar tus textos? ¿En escenas siempre? ¿En escenas y unidades temáticas? ¿Otros?

A.S.R.: “Eso depende. A mí me gustan muchísimo las escenas, pero entiendo que este es un recurso que no siempre le viene bien a la historia. Si la escena no añade color, si no es reveladora, si no contribuye a añadirle fuerza narrativa a la atmósfera, es mejor reducirla a una línea que contenga un dato, y punto. Miremos el ejemplo de una escena insulsa: una profesora llega al colegio y dice: ‘buenos días’ Sus alumnos le responden: ‘buenos días’. Y luego hay otras diez o veinte frases banales, en las que no sucede nada de valor informativo ni literario. En vez de desperdiciar una página en esa escena intrascendente, el narrador debería decir que la maestra saludó a sus alumnos y ellos le respondieron. Así, se transmite la misma información, y se hace de un modo más directo, más útil. Siempre cito esta frase de Alfred hitchcock: “el cine es la vida sin sus partes aburridas”. Yo, cuando leo mis apuntes, selecciono las escenas que voy a usar. Me gusta mezclar las escenas con la voz del narrador”.

S.L.P.: ¿Cuáles son las reglas de oro de tus textos? Los don’ts, las normas propias que jamás violas.

A.S.R.: “La regla de oro número uno es por cortesía de Woody Allen: ‘todos los estilos son buenos, menos el aburrido’. Tú puedes hablar de lo que quieras, desde el Teorema de Pitágoras hasta la caspa del mico que acompaña a Tarzán; puedes escribir sobre lo triste, sobre lo folclórico, sobre lo trágico, sobre el frío, sobre el calor, sobre la levadura del pan francés o sobre la máquina de afeitar de Einstein. El lector te permite lo que sea, incluso que le mientes la madre, incluso que seas soberbio, pero no que lo aburras. A mí me parece que un buen prosista es, en esencia, un seductor, una persona que te atrapa irremediablemente con lo que escribe. En este sentido, me permito usar una grosería: escribir es como encoñar. Regla de oro número dos: si la frase no me convence del todo, si veo que funciona a secas pero no es tan certera como quisiera, sigo insistiendo hasta que me quede como yo creo que debe quedar. Mark Twain dijo una vez que la diferencia entre la palabra adecuada y la casi correcta, es la misma que existe entre el rayo y la luciérnaga. Yo no sé si Dios quiera librarme del carcinoma – y de verdad, le rogaría que lo hiciera– pero por lo pronto le pido que me libre de la pereza y del aburguesamiento a la hora de escribir”.

S.L.P.: ¿Cuánto tiempo sueles dedicar a la escritura? ¿Con una rutina fija? ¿Varía según cada historia?

A.S.R.: “Varía de acuerdo con la historia. A mí me gusta escribir desde por la mañana hasta cuando aguanten el cuerpo y la cabeza. Por lo general, le doy duro desde temprano hasta por la noche. Después llega un momento en que uno está cansado y es mejor parar, hasta el día siguiente”.

S.L.P.: ¿Cómo te autoeditas?

A.S.R.: “Siempre comienzo mis jornadas corrigiendo lo que escribí durante la jornada anterior. Esta es una de las fases del trabajo que más disfruto. Cuando uno toma distancia del texto y vuelve a él en frío, le encuentra los defectos y además tiene la oportunidad de pulirlo tanto como sea posible. Mejorarlo es mucho más delicioso que parirlo. Te advierto que a veces paso dos horas editando lo que hice en la jornada anterior, sin escribir una sola línea del material de la nueva jornada”.

S.L.P.: ¿Cuándo te sientes listo para enviar el texto al editor? ¿Cómo suele ser la relación con tus editores?

A.S.R.: “Lo ideal es que después de poner el punto final, uno tenga tiempo de someter el texto a la prueba de la gaveta, es decir, guardarlo y luego mirarlo todo otra vez, en frío, para aplicarle por última vez la guadaña antes de mandárselo al editor. A veces se puede hacer eso. A veces, no. Mi relación con los editores siempre ha sido fluida. He tenido la fortuna de contar con muy buenos editores. Un buen editor es el mejor amigo del autor, porque lo ayuda a dar lo mejor de sí mismo”.

S.L.P.: ¿Cómo sabes cuándo parar y soltar el texto y dejárselo ya a los lectores (el tercer editor)?

A.S.R.: “No me gusta mostrar el texto cuando está sin corregir del todo. Cuando me matan las ganas de que la gente lo lea, es cuando considero que ya he hecho todo lo que humanamente debía hacer. En ese momento hay que publicarlo, para que se enfrente al mundo y se defienda solo”.

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