Mi abuela en el espejo

Todos los días pienso en mi abuela Josefa, Pepita para nosotros, Pepi para mi papá, su hijo. La recuerdo mucho más cuando me tiño el pelo, cuando tomo dos recipientes de mezcla oscura de pintura y me cubro las canas. Una vez terminadas las raíces delanteras, camino a mi cuarto y busco el espejo de mi abuela que está sobre la cómoda, un espejo antiguo, mango de plata con relieve, reverso estampado con flores de tallos dorados y pétalos también de plata. Viejo: no recuerdo la ausencia de ese espejo en el apartamento de la avenida Casanova. Tan viejo como el adorno naranja –entre psicodélico y disco– de la mesa de comedor, la enciclopedia Salvat y el Cuentos de la Alhambra de Irving de la biblioteca; tan antiguo como la cajita de música de madera de Pepita –una bailarina que ya no hace piruetas cuando la abres–que también vive en mi peinadora.

Camino entonces a mi cuarto y tomo el espejo por el mango, con cuidado para no mancharlo con el tinte negro. Le doy la espalda al espejo más grande en el baño; el espejo redondo de mi abuela en la mano izquierda, con la derecha paso la brocha por las raíces de la parte trasera de mi cabeza que veo al revés.

El resto del tiempo el espejo reposa allí, sobre la madera de mi cómoda (vieja, pero menos), como una muestra de mi memoria, de lo que soy de Pepita.

–Te quiero mucho, como la trucha al trucho.

Eso me decía Pepi, que era vasca, y decía dichos. Hacía humoradas.

–Te quiero, abuelita.

–Te quiero, te adoro y te voy a comprar un loro.

Soltaba una risotada.

–Cántame San Nicolás, abuela, cántame San Nicolás.

Empezaba algo que a mí me sonaba: San Nicolá patrondesecolié/ apondemó, apondemuanamonpañé. Y terminaba diciendo algo como: Vené, vené, San Nicolá/ Vené, vené, San Nicolá/ Vené, vené, San Nicolá/ Tgralalá.

Y finiquitaba con un Chim-pón, como diciendo Tan-tán.

Nunca supe bien qué decía la canción en francés que aprendió en algún momento de su exilio en Marsella, pero a mí me fascinaba.

–Cántame San Nicolás, anda, cántame San Nicolás.

A veces Pepi lanzaba palabras inventadas que mezclaba unas con otras, en una licuadora fonética, para jugar al absurdo.

–Guarascuaqneshnelosgqnapunadasrajajajaja.

Y en la carcajada se inclinaba hacia atrás en la almohada, las manos en la barriga.

O leíamos juntas el libro de Chistes de gallegos contados por argentinos: reía y reía.

Mi abuela Pepita no hablaba euskera, acaso aprendió algunos vocablos en el Bilbao de los años diez, veinte y treinta del que salió huyendo en el 36. Pero cuando por las noches veíamos Dossier en el canal ocho (el de los ochenta y los noventa) y aparecía Gorbachev –un mapa de lunar en su calva–, Pepi se acercaba a la pantalla del Hitachi para decirle lo que sabía de la lengua vasca,  porque la encontraba similar al ruso.

Volvía a reír.

Guardaba cosas, muchas cosas, mi abuela. Guardaba todo. Con la adultez entendí que eso le quedó de las guerras, la civil, la segunda mundial. Acumular para no quedarse sin nada material en caso de que faltara todo. Guardaba cartas, papeles, fotos, tijeras y tijeritas, telas sin estrenar, ropa sin usar, pañuelos, potes de leche en polvo, latas de conserva; en los estantes de la cocina y en aquel armario del pasillo que daba a las dos habitaciones. Me gustaba tomarme el tiempo para hacer un cateo en su clóset, las gavetas de sus mesitas de noche y su cómoda de fórmica, donde ponía su espejo redondo antes de que yo lo heredara. Sobre todo me gustaba jurungar en la ropa colgada, vestidos de los setenta que luego usaría yo, blusas de poliéster de cuello de tortuga y estampado de bacterias, ceñidas al torso.

Siempre iba bien vestida Pepita, bien arreglada, un toque de elegancia. Cuando íbamos de visita a El Marqués, al edificio Alpako, a casa de Armonía, su amiga de toda la vida, se acomodaba esa blusa vaposora azul grisáceo, y el pantalón con el doblez perfecto que sólo hace la plancha. Unas zapatillas rojas, recuerdo unas zapatillas rojas. Y, claro, justo antes de salir –ya hecho su cabello escaso, corto y rubio– tomaba el creyón grueso con una mano, el espejo redondo con el otro y dibujaba franjas azules brillosas en sus párpados que resaltaban el cielo de sus pupilas.

Siempre llevaba en la cartera:

  • Caramelos Halls.
  • Ese estuche de cuero negro y broche cruzado donde guardaba el creyón color azul de sus ojos.
  • Un monedero del mismo material, más pequeño, para las monedas del periódico y el autobús.
  • Servilletas, las que son cuadradas.

Pepita y Armonía pasaban la tarde jugando canasta con la baraja española –las cartas gastadas por el manoseo, rojas detrás del rey de bastos y el tres de sotas–; yo jugaba a la escuela y lo registraba todo en una grabadora que mi papá me enseñó a usar.

Me disfracé de bailarina un carnaval, tendría ocho años. Un tutú blanco, blancas las medias panty, blancas las zapatillas: un disfraz de La Piñata, bulevar de Sabana Grande. Hilda, la esposa de mi papá, se tomó un buen tiempo para maquillarme y hacerme un moño impecable a punta de laca. Fue una de las pocas veces en las que mi abuela desprotegió el sofá y las poltronas: quitó las sábanas que los cubrían, siempre nuevos, y me pidió que me subiera a ellos con las zapatillas puestas y posara para las fotos. Ella quería congelar esta imagen: yo de pie sobre esos muebles, los brazos estirados más allá de la cabeza dibujando un semicírculo, la pierna derecha flexionada, el pie en punta. Y esta otra: yo, con una sonrisa, sosteniendo el espejo redondo de tallos dorados y pétalos plateados, mango con relieve, frente al espejo más grande de su peinadora.

Tomaba mucho café mi abuela; de ella aprendí a tomarlo fuerte, de cafetera greca, marrón y prolijo; caliente, muy caliente (de ella también aprendí a comer sopa de auyama –calabaza en el diccionario de su terruño–, con fideos y virutas de pollo, de muslos de pollo). Algunas noches la encontraba insomne sentada en el mismo sofá, sorbiendo un café con leche, la luz apagada, mirando a la nada, removiendo sus recuerdos con la cucharilla, clín, clán.

Y en las tardes de ese café con mucha nata, después de haber leído el vespertino en el sofá otra vez cubierto por la sábana, comenzó a contarme de la guerra y el desarraigo a la fuerza. Yo ya había cumplido los diecinueve años.  Josefa a los trece en la fábrica de caramelos, trabajando con su hermano, ella anarquista de la CNT, él socialista; el barrio San Francisco de su nacimiento y el barrio San Ignacio de las navidades; los Sanfermines en julio del 36: el ataque a la residencia de ella y sus compañeros, su madre dándola por muerta. El golpe de Franco y la guerra, la puta guerra, la herida abierta. Ella con su padre, con su hermana y su sobrino –“una vez comí gato”–, caminando, caminando, caminando, saliendo a pie y entrando otra vez por barco a Cataluña; mi bisabuelo enfermo y también el hijo de su hermana: mi abuela deteniendo un camión, haciendo que se subieran ellos tres, para que buscaran cura. Pepita que siguió andando, que nunca más vio a su padre. Josefa que vino a dar aquí después de pasar por Francia, conocer allí a mi abuelo Bernardino –andaluz de Granada, también anarquista, defensor de la República en el frente, mi héroe único, mi primer gurú–, de haber parido a mi tío Roberto en Marsella y a Raúl, mi papá, en Bolivia, y haber pasado dieciséis años felices en Punta del Este, el premoderno, el pre-estallido turístico. (En el vocabulario de Pepi había palabras sureñas como heladera, petisa y sorete. Tomaba una lata de leche condensada, la ponía cuatro horas en agua hirviente, en la misma magefesa donde hacía la sopa, y la convertía en un émulo del dulce de leche meridional).

Después de todo ese periplo, Pepita llegó a Caracas y me dejó su espejo.

Mi abuela Josefa Herrero Arana se fue de este planeta, dejó ese cuerpo, el veintitrés de mayo de 2001, por un paro respiratorio. La verdad es que ya se había ido, poco a poco, paso a paso, agarrada, sin querer pero sin remedio, al Alzheimer que un día se manifestó en sus neuronas y la fue apocando. Había dejado de ser la misma después de la muerte trágica de mi tío Roberto en 1992, en Buenos Aires. Dejó de bajar las escaleras a trote, dejó de leer, dejó de hablar, dejó de reír, dejó de vestirse y ponerse el color azul de sus ojos, dejó de acordarse de lo reciente, dejó de reconocer. Comenzó a vivir en la memoria remota, comenzó a vivir en el pasado.

–Vamos a comer ostras con vino–le decía a mi abuelo, de repente, pensando que estaban en Marsella.

Siempre supo más o menos quién era yo, sin embargo, hasta quince días antes de ese veintitrés de mayo, cuando hablamos por última vez por el hilo teléfonico. Yo no vivía en Venezuela.

Dos semanas después me llamó mi papá.

–La abuela falleció.

Hubo días en que estuve tan triste en mi vida, años más tarde, que lo único que quería era la sopa de calabaza de Pepita. Sentir la textura de sus fideos y los restos de ajoporro-puerros en el sabor. Sentir el abrazo de mi abuela en el calor de esa crema ocre. Todavía busco su sazón en los huevos fritos con aceite de oliva.

–Cántame San Nicolás, abuelita, cántame San Nicolás.

Ella está aquí, todos los días, en el espejo.

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24 comentarios

Archivado bajo Inclasificable

24 Respuestas a “Mi abuela en el espejo

  1. Valentina

    Qué bello y qué especial este texto. Tu abuela debe estar bella y vaporosa ufanándose, con sus amigas, de la nieta que tiene y los recuerdos que le dejó. Yo lo haría, si fuera ella…

  2. Eddy Molina

    No te conozco y este relato llegó a mi de manera mágica. Mi madre que se llamaba Jovita tenía mucho en común con Pepita, los dichos, la guerra, el guardar todo, las historias, la comida, la pérdidas, el hambre y sobre todo el amor y la fortaleza que algún día espero heredar. Su frase antes de caer en un mutismo absoluto producto de un cáncer fué “Te quiero mucho como la trucha al trucho”. Gracias por este relato y por conectarme con ella a través de Pepita.

  3. sintesisnianalisis

    Delicioso. Enhorabuena por la prosa.

  4. Sandra:
    La vida es una cosa muy rara. Mi abuela se fue de este planeta de tortas y arroces con leche en junio de 2001.
    En estos días, en esa rotación de las fotos que nos brindan los marcos electrónicos, me ha saltado varias veces con sus carcajadas. Hace un rato, salteando setas, una cucharada de más de mantequilla me la hizo recordar.
    Brindo por Pepita, por Panchita (mi abuela) y por todas esas abuelas que, en su coquetería, nos dejaron la valentía de sus risas.
    Max

  5. Fanny

    Qué hermosura de texto, amiga. Lloré. Me puse nostálgica y recordé a mi abuela, Eulalia, a mi tía Rosa, una de las más queridas, quien al partir también me dejó un gran vacío. Me encantó este texto porque es muy movilizador, a mí me despierta no sólo emociones, sino también que me motoriza a expresar, mediante la escritura, un sinfín de vivencias, experiencias, sentimientos. Gracias, Sandrita, por compartir tus recuerdos. Linda, Pepita. Seguro hizo una fiesta para celebrar este homenaje que le has hecho.

  6. Uff, gracias a todos, gracias por acompañarme por aquí. Con sus comentarios queda demostrado que el amor de las abuelas, de las madres, de las tías y afines –el amor incondicional– es universal.
    GRACIAS

  7. Thais

    Que bello relato, gordita! Me llegó muy adentro! Gracias Pepita!

  8. ThaitaCorooto

    Bellisimo gordita! Me emocionó denmasiado! Gracias Pepita!

  9. Maravilloso. Lo que pueden inspirar las abuelitas, qué post más dulce y evocador.

  10. Primita

    Que hermoso primita. Muy lindo.

  11. victoria araujo

    Mi sandris que lindo cuento, me recordo a mi abuela sobretodo esta parte:

    “Guardaba cosas, muchas cosas, mi abuela. Guardaba todo. Con la adultez entendí que eso le quedó de las guerras, la civil, la segunda mundial. Acumular para no quedarse sin nada en caso de que falte todo. Guardaba cartas, papeles, fotos, tijeras y tijeritas, telas sin estrenar, ropa sin usar, pañuelos, potes de leche en polvo, latas de conserva, en los estantes de la cocina y en aquel clóset del pasillo que daba a las dos habitaciones. Me gustaba tomarme el tiempo para hacer un cateo en su armario, las gavetas de sus mesitas de noche y su cómoda de fórmica, donde ponía su espejo redondo antes de que yo lo heredara. Sobre todo me gustaba jurungar en la ropa colgada, vestidos de los setenta que luego usaría yo, blusas de poliéster de cuello de tortuga y estampado de bacterias, ceñidas al torso”.

    Lindo recuerdo, Namaste

  12. Rosario

    Mi querida “luz interior”: qué hermoso, qué vívido tu relato a pesar del tiempo transcurrido, y, ¡qué pero qué nostálgico!. Definitivamente Pepita aún vive en ti y ahora en nosotros -los lectores- gracias a ti. Un beso

  13. Querida Sanfue,

    Tus palabras son tan precisas que, así como a varios de tus lectores, has logrado llevarme a los tiempos de mis vacaciones con mi adorada abuela Moncha en Curarigua. Cada abuela es distinta, pero en esencia, cuando ejercen como abuelas, son así bellas, cálidas, amorosas.

    Un beso,

    Moremó

  14. HORAS ROTAS

    …traigo
    sangre
    de
    la
    tarde
    herida
    en
    la
    mano
    y
    una
    vela
    de
    mi
    corazón
    para
    invitarte
    y
    darte
    este
    alma
    que
    viene
    para
    compartir
    contigo
    tu
    bello
    blog
    con
    un
    ramillete
    de
    oro
    y
    claveles
    dentro…

    desde mis
    HORAS ROTAS
    Y AULA DE PAZ

    TE SIGO TU BLOG

    CON saludos de la luna al
    reflejarse en el mar de la
    poesía…

    AFECTUOSAMENTE
    SANDRA

    ESPERO SEAN DE VUESTRO AGRADO EL POST POETIZADO DE BLADE RUUNER , CHOCOLATE, EL NAZARENO- LOVE STORY,- Y- CABALLO.

    José
    Ramón…

  15. Qué lindo. Qué linda(s). Un abrazote.

  16. Jose Abad

    Me gustó tu relato, porque me hace imaginar lo maravilloso que debió haber sido tener aunque sea una abuela y más como Pepi, porque al igual que tu familia la mía emigró a Venezuela, pero con la diferencia que mis padres lo hicieron sin los suyos. La vida te ofreció un regalo y supiste apreciarlo. Tienes el don de expresar con sencillez lo que otros no podríamos ni tan siquiera intentarlo. Espero que sigas regalándonos momentos tan agradables.
    Recibe un abrazo

  17. Maxi Lafuente

    Cnmovido hasta las lagrimas, un pedazo de mi historia que no conocia y que me pone un poco mas cerca con mi pasado y con mis origenes. y me pone un poco mas cerca de ti Prima. Te quiero mucho. gracias por compartir esto!

  18. Ana Merino

    No te conozco, pero el homenaje a tu abuela a sido fantástico. Mi bisabuelo estuvo en la carcel en Pamplona en la guerra, y su mujer e hijos sufrieron las represalias. Fueron familias muy luchadoras a pesar de las vidas llevadas en su juventud. PRECIOSO DE VERDAD! Ella se sentiría orgullosa de ti. Un saludo

  19. laura de weffer

    sandri q bello tu escrito, igual q a los demas me trajistes lagrimas a los ojos y el recuerdo de mi abuelita cruz ,:q a pesar de yo ahora tambien ser abuela no he podido olvidar nunca y recuerdo como hoy todas sus cosas. mil besos y bendiciones

  20. Querida Sandra te esta escribiendo Diana, mama de tu primo Maxi Lafuente. Bello y sentido tu recuerdo de Pepi a la que conoci en mi viaje a Caracas cuando estaba embarazada y ens posterios viajes a Bs.As cuando vinieron a conocer a Maxi. Quiero que sepas que aqui en Bs.As. tenes una casa donde estar si alguna vez vienes. Roberto siempre esta con nosotros. Lo amamos mucho hasta el ultimo dia. Y mas despues.
    Te envio un gran beso y todo mi cariño.
    Diana Antonioli

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