Las cosas que escribe Leila

Leila escribe cosas así:

“El cartel flota en la noche de Buenos Aires como el ala de una mariposa seca (…)”

“Su cuerpo es fibroso, pálido, como de harina y luna, y tiene olor a almizcle”.

“Lloran mientras mueren.

Los envenenados con cianuro lloran mientras mueren”.

“Una mujer antigua, el rostro roto de furia, lleno de pecas, grita perra, perra, perra, hija de perra, perra, perra (…)”

“El hombre dice sí.

–Sí”.

Ese tipo de cosas escribe Leila.

Leila es impía en la autoedición, porque busca ponerse incómoda cuando escribe, me ha dicho. Porque se esfuerza por no repetirse. Días enteros frente a la computadora moviendo nada más que sus sesos y sus dedos. A la caza de la estructura óptima de sus crónicas, de las palabras bien puestas y por bien puestas inolvidables, de los vocablos que juntos riman, hacen métrica, cine, música: sus textos.

“(…)Hay dos herramientas buenísimas –me escribió una vez–: una silla, y el culo sobre la silla durante doce horas por día, sin interrupciones. O, lo que es lo mismo: culo e insistencia, insistencia y culo”.

Y ese genio está protegido por una humildad como pocas, poquísimas.

Por eso, chico, la quiero tanto.

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