Daniel Antonio

La otra noche a las nueve nos inundó de bendiciones porque echamos varias monedas en su vaso de plástico. A esa hora siempre está aquí, junto al rayado del semáforo que hace esquina con el restaurant chino. En las horas punta de las mañanas lo veo mezclarse entre los carros que hacen cola para salir hacia la autopista. El vaso de bebidas de tamaño familiar de las hamburgueserías en la mano derecha; la mano izquierda hace peso sobre la muleta que es su pierna, porque no hay nada más debajo del muñón de su rodilla que el recuerdo de una pantorrilla y un pie. La sonrisa siempre, luminosa, que alarga más sus facciones, que acentúa su barba crespa y grisácea, mientras inclina su torso como en una reverencia para acercarnos el recipiente a la ventana.

La otra noche, por esas cuantas monedas, bendijo a todas nuestras generaciones, dijo con tono premonitorio que estaremos benditos por el resto de nuestras vidas. Lo dijo como si nos abrazara con esas palabras.

Esta noche está otra vez allí, tratando de tenerse en pie en medio de la calzada, delante del paso de cebra. Echamos otras monedas en el vaso.

–Todo esto es para ellos, tengo dieciséis—agita el recipiente y gira la cabeza hacia el garaje del restaurant chino. Busco unos niños con la mirada, han de ser sus hijos o sus nietos, pero sólo veo a los parqueros y un par de perros callejeros echados, las orejas despiertas.

–Los perros: tengo dieiciséis—aclara.

–¿Dónde vives?

–Allá debajo de ese puente,  el que está por allá, ¿cómo se llama?

–¿El de Valle Abajo?

–Ese.

–¿Cómo te llamas?

–Daniel—la voz se hace tímida, pero la sonrisa siempre. Debe pasar los cincuenta o tal vez no.

–Él es Antonio y yo soy Sandra—nos presento.

–¡Yo también soy Antonio, Daniel Antonio!—su voz más contenta–¿No vieron la entrevista que me hicieron el otro día en la televisión?

Cambia el semáforo a verde y arrancamos con una despedida apresurada. Me voy con esa estampa inevitable en la cabeza: hace diez años, en alguna estación del metro de Londres, la calle también la casa de ese hombre que está sentado en el piso al lado de la máquina de boletos, bastante más joven que Daniel, llorando sin consuelo a su perro muerto, abrazándolo en su regazo.

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Archivado bajo Lo que veo en la calle

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